· 

LOS FRUTOS DEL ÁRBOL:

La parte más importante de un árbol a la hora de madurar y establecerse con alimentación y sustento solar, es el fruto que sale de él.  Como vimos en el tema anterior el árbol se identifica por sus frutos, pues así dice la palabra de Dios en el libro de Mateo cuando dice: Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?  Así, todo árbol bueno da frutos buenos; pero el árbol malo da frutos malos.  Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:16-20).

Hay árboles que dan fruto, como es el caso de los mangos, ciruelas, limones, peras, etc. y otros que dan semilla, como las coníferas, el roble, la ceiba, el ficus, etc. esto nos permite identificar a que clase o a que especie pertenecen. Algunos frutos son para el consumo humano, pero algunos otros son venenosos y resultan dañinos para la salud. Los árboles que no producen un fruto comestible, son cortados y usados para el fuego, como en el caso de los pinos, cipreses o encinos, por mencionar algunos, esto sucede con nosotros al no dar fruto.

En este tema conoceremos cuáles son los frutos que debemos de dar por medio del Espíritu Santo, pero ¿Cuales son esto frutos? Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley (Efesios 5:22); conoceremos también las obras de la carne y veremos que tienen apariencia de ser frutos codiciables, pero están podridos por dentro y al final producirán muerte.

El primero y el más importante de estos frutos es el amor; el apóstol Pablo nos habla de ello cuando dice: Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe.  Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy.  Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.  Pablo nos agrega una detallada descripción de esto cuando dice: El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.  El amor (Cristo) nunca deja de ser; pero si hay dones de profecía, se acabarán; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, se acabará (1 Corintios 13:8). Cuando la palabra del Señor nos dice que el amor no pasará, nos está hablando de Jesucristo, quien entregándose por amor por nosotros vino a convertirse en sumo sacerdote de una vez y para siempre según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:17-20), veamos lo que dice la palabra en cuanto al amor de Dios para nosotros: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, más tenga vida eterna.  Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. Entonces en el Señor Jesús se encierra el significado completo y perfecto del amor, pues en Él vemos la esencia del amor, por lo que el fruto del amor debe ser Cristo reflejado en nuestra vida constantemente.

Al reconocer al Señor, pasamos de la tristeza y el dolor, a una vida plena en la que el gozo del Señor se convierte en nosotros en nuestra fortaleza (Nehemías 8:10).  Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante El, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15).

Cuando el Señor viene a nuestra vida, empezamos a aprender a ser cuidados y pastoreados por Él, lo que produce en nosotros paz como dice el Salmo:  Salmo de David. El Señor es mi pastor, nada me faltará.  En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce.  El restaura mi alma; me guía por senderos de justicia por amor de su nombre.  Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento.  Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.  Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días (Salmo 23).

La paciencia es uno de los frutos que, a mi parecer es uno de los más difíciles de obtener ya que, para dar este fruto tenemos que ser tratados en la prueba. El apóstol Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo nos dice: Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia, y que la paciencia tenga su perfecto resultado, para que seáis perfectos y completos, sin que os falte nada (Santiago 1:1-3).

La benignidad y la bondad son dos frutos unidos, La palabra benigno deriva del latín benegnus, compuesto por los vocablos, bene que significa “bueno” y genus que indica "nacido”, por lo tanto, significa que es algo concebido o creado para el bien. Cuando conocimos al Señor Jesús y nos bautizamos, nacemos de nuevo, también nos equipó para toda buena obra; Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Efesios 2:10).  Así también para dar a manifestar la bondad que Jesús mostró a las multitudes cuando les predicaba y sanaba de sus enfermedades.

La fidelidad es un fruto infaltable en la vida de un hijo de Dios, pues el Señor es fiel en todo lo que hace y dice; Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho El, y no lo hará?, ¿ha hablado, y no lo cumplirá? (Números 23:19). Lo mismo pide Él, de nosotros cuando dice: Cuando haces un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque Él no se deleita en los necios. El voto que haces, cúmplelo (Eclesiastés 5:4). Además, debemos aprender a amar a Dios sobre todas las cosas y no permitir que entren los ídolos a nuestro corazón. Porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos (Éxodo 20:5). Palabra fiel es ésta: Que, si morimos con El, también viviremos con El; si perseveramos, también reinaremos con El; si le negamos, Él también nos negará; si somos infieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.  Recuérdales esto, encargándoles solemnemente en la presencia de Dios, que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha y lleva a los oyentes a la ruina (2 Timoteo 2:11-14).

La mansedumbre es uno de los frutos que podemos ver en la vida de nuestro Señor Jesucristo, Él dijo: Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y mi carga ligera (Mateo 11:29). Esto lo vemos muy claro cuando el Señor les lavó los pies a sus discípulos, siendo Él, el maestro de maestros y rey de reyes, lo que nos habla del servicio a nuestros hermanos (Juan 13).

El dominio propio; muchas veces nos encontramos en situaciones difíciles de controlar en nuestra propia humanidad, pero solo por medio del Espíritu Santo podemos vencer y dominar a nuestra carne, para no caer en las tentaciones y aun en nuestras propias concupiscencias.  La Escritura nos describe al sabio que teniendo dominio teme y se aparta del mal, pero en cuanto al necio le describe como arrogante y descuidado, por lo que es destruido por su falta de dominio (Proverbios 14:16). El apóstol Pablo le habla a Timoteo diciéndole lo siguiente: Por lo cual te recuerdo que avives el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:6-7).

 

Ahora bien, ya conocimos los frutos del Espíritu pasemos entonces a conocer las obras de la carne, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gálatas 5:19-21).  Cada una de estas actividades son repudiadas por Dios, tenemos que saber que si comenzamos a hacer las obras de la carnes, estas causaran para nosotros la muerte como dice la palabra: Digo, pues: Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley (Gálatas 5:17-18). El que siembra la semilla de sus malos deseos, de sus malos deseos recogerá una cosecha de muerte; el que siembra la semilla del Espíritu, del Espíritu recogerá una cosecha de vida eterna (Gálatas 6:8).